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Lucinda Williams: ‘Good Souls Better Angels’ (2020)

Cuando en 2014 Lucinda Williams rompió con su disquera y fundó su propio sello, dijo aquello de ‘vamos a hacer ahora lo que nos dé la gana’, lo cual siempre está muy bien. Lo único malo de todo esto son los críticos hiperventilados que se vienen arriba con este último (y magnificiente) disco de la de Louisiana y dicen a estas alturas que Lucinda, con 67 años, hace punk.

Ni con el también magnífico disco de 2016 ni con este ha entrado Williams en terrenos que no le son propios ni le corresponden. Lo suyo ha sido siempre lo que conocemos como Americana y de ahí no ha salido nunca (y gracias a Dios). Lo que sí es cierto es que en cuanto se vio libre en el mercado (sin tutelas de una mercadotecnia bastante miope por lo que se ha ido viendo) decidió ser sincera y directa en las letras de sus canciones, construyendo además obras conceptuales por la convergencia de esos textos, y mucho-mucho más visceral en la música. Así, si desde 2014 emprendió un camino por la tortuosa senda del ‘demasiado country para el rock, demasiado rock para el country’, en esta última entrega confirma su ruta por esa linde y se afianza a las sonoridades de un blues descarnado para, si cabe, hincar más los pies en esa tierra tan agreste.

‘Good Souls Better Angels’ es un disco sincero y agriado tirando a contenidamente rabioso y el retrato que hace de la realidad puede darle la tarde a cualquier optimista o incluso a mucho hábil regateador posibilista. Pero no es lo nuestro el comentario de textos, así que pasemos a la parte musical donde hay que hacer inmediatamente dos salutaciones: la primera para la muy honesta y directa producción de Ray Kennedy junto a Tom Overby, marido y muchas cosas más de Lucinda; y la segunda para la banda, que no son otros que los Buick 6, sus músicos de gira, entre los que hay que destacar inexcusablemente al baterista Butch Norton, al bajista David Sutton y muy especialmente al guitarrista Stuart Mathis, un hombre capaz de convertir una eléctrica en una lija de frotación lenta.

Y al respecto de lijas, la voz y el desgarro de la señora Williams a través de doce canciones enormes porque desnudas, áridas aunque grasientas, desoladas y furiosas, casi siempre amargas, y coronadas, extraña, desconcertante y maravillosamente por un canto de agradecimiento a las ‘buenas almas’ que dan título al disco.

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