‘Keith Richards: Under the Influence’ (Morgan Neville, 2015)

Apatrullando Netflix hace un par de noches (donde, además de con lo que nos trae aquí hoy, me encontré con esto otro, prueba viva de lo buena que es ‘Narcos’), no pude resistirme a ver el documental (filmado por el autor del estupendo y oscarizado 20 Feet from Stardom) que fue lanzado en paralelo al último disco en solitario de Keith Richards, que en su momento también glosamos aquí.

‘Under The Influence’ es esencialmente una entrevista, pero como película se construye, además de con las imágenes de ese diálogo, con unas tomas donde se ve a Richards en las sesiones de estudio de ‘Crosseyed Heart’, junto a Steve Jordan o Waddy Wachell, y de otras -bastante estereotipadas, por cierto- donde camina (por la calle, por el campo, sobre la nieve…) o es llevado en coche, mientras escuchamos su voz.

En esa entrevista (o ciertamente monólogo, ya que no escuchamos las preguntas), el guitarrista de los Stones va reseñando las distintas influencias musicales que ha ido recibiendo y asimilando a lo largo de su carrera, empezando por los años anteriores a su encuentro en un tren e inmediata comunión con Mick Jagger: la música que escuchaba en casa y el descubrimiento de Howlin’ Wolf o Muddy Waters, el arranque de su carrera como músicos, empujados por el bombazo de los primeros discos de rock’n’roll, y lo que para ellos supuso la figura de Chuck Berry (cuenta, por cierto, el encontronazo que tuvo con él preparando Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll).

Es precisamente jugosa esa parte dedicada a los músicos negros norteamericanos, porque Richards se muestra perfectamente consciente de ‘haber devuelto a América su música’, y de cómo se vio en principio a cinco melenudos ingleses tocando aceleradamente música de negros da testimonio la cara de póker de Dean Martin en el show televisivo que los presentaba.

El documental transcurre luego por otras influencias generales, como el reggae o el country (a los que da una enorme importancia en su crecimiento como músico), y por algunas -escasas ciertamente- individuales, como los ya mencionados Berry y Wachell, y, por supuesto, Mick Jagger (my brother) y, si alguien se esperaba que en algún momento iba la cosa a pasar a confesión íntima, a catálogo de indiscreciones o ajuste de cuentas, se queda con las ganas en esta docu-hagiografía por otra parte muy agradable de ver.

Por cierto, el dato ese de que su padre, de forma intermitente, lo acompañó en sus giras con los Stones por todo el mundo (encantado de que se lo enseñara, por cierto) da para historia de las buenas y hasta para serie de televisión.

Ah, y cuenta como buena la anécdota de Muddy Waters pintando el techo de los Chess Studios cuando visitaron Chicago en 1964.

Keith Richards: ‘Crosseyed Heart’ (2015)

(Este post es corto, como siempre, pero tiene muchos números y todos son años) Richards tiene 71 años, de los cuales lleva tocando la guitarra 55 o 56, es un Rolling Stone desde hace más de 50 y, después de 23, saca ahora disco, con 15 canciones originales. Casi nada.

Todos sabemos que Keith se debe a los músicos negros que fueron seminales en su formación y que (casi) el último de ellos -B. B. King- prácticamente murió al pie del cañón, con 90 tacos, hace solo unos meses, pero Richards no deja de sorprendernos, primero, porque no haya reventado ya, y, segundo, por su glorioso empeño en seguir ahí, dándose por el rock and roll, ahora ya completamente seguro de que le va la vida en ello.

Este ‘Crosseyed Heart’ no es -como los otros dos suyos- ninguna cosa del otro mundo, tiene alguna balada, mucho blues, algo de soul y, por supuesto, rock, pero el solo hecho de que exista es ya prodigioso y el evidente agrado por tocar y por ser y seguir siendo que traslada cada una de esas canciones es el verdadero y bienaventurado acontecimiento.

Démosle eternas gracias y cantemos sus alabanzas. ¡Aleluya!