Iggy Pop: ‘Post Pop Depression’ (2016)

Si, con su historial a cuestas, hay algo de lo que James Newell Osterberg Jr. puede presumir a sus casi 69 años es de haberse sabido apoyar muy bien para seguir en pie.

Después de la autocombustión de los Stooges, fueron sus báculos David Bowie y Lou Reed (y de esa época tenemos Lust for Life o The Idiot); en los 80, con Iggy probablemente desintoxicado, fueron músicos de la siguiente generación (Steve Jones, de los Sex Pistols, o SlashDuff McKagan, de Guns N’ Roses, en Brick by Brick o American Caesar) los que echaron -seguro que encantados- una manita a La Iguana para seguir a flote; y, ahora, en los últimos días o meses de su carrera (ha sido él quien ha dicho que ya toca bajarse de los escenarios), el bastón se llama Josh Homme, quien con la ayuda de su compañero en los Queens of Stone Age Dean Fertitia, y Matt Helders, de los Arctic Monkeys, se ha entregado para que este -al menos- prodigioso superviviente de la música y la vida entregue un disco más y no uno cualquiera.

‘Post Pop Depression’ es -hay que decirlo- un disco acústicamente coherente (y, por ello, pertinente en una discografía un tanto confusa en ese aspecto) y es también un disco notable, independientemente de sus autores, pues suena potente y robusto, aunque melancólico, y también seco, áspero y… pesado, lo que es un problema cuando vas a mitad de la primera (o segunda o tercera) escucha y notas que estás sumergido en un enorme ladrillo stoner (de lujo, sí, de arcilla verde sí, pero ladrillo) del que no vas a salir hasta llegar al final de la última canción.

Con todo, hay piezas que te ponen la carne de gallina: