‘La La Land’ (Damien Chazelle, 2016)

14 razones que podían ser 64 para ver La La Land antes de que la tengas que ver porque le han caído tropecientos Oscars.

  1. Por poder comprobar empíricamente que no puedes dejar de mirar a Emma Stone ni un segundo de los que aparece en pantalla, ni aunque Ryan Gosling, desnudo, colgase de una rama a su lado.
  2. Porque cuando acabas de ver la película constatas que se te ha quedado cara de bobo y te parece que el tiempo pasa más despacio.
  3. Porque descubres que Los Ángeles puede ser una ciudad bonita, incluso íntima, amable y paseable, como en las películas de los años 50. Y hasta te dan ganas de ir y todo.
  4. Porque te convences de que el que ha dicho que La La Land es ‘el Pokemon Go de los musicales’ tiene que tener una vida sexual triste y tenebrosa.
  5. Porque sus referencias son puro respeto, cariño y devoción. Y no son posibles sin sentir fervor por el cine y por la historia del cine.
  6. Por el jazz; aunque no es que se esté muriendo, sino que lo mataron hace mucho tiempo (y sabemos los nombres de los que lo hicieron).
  7. Por la suavidad y naturalidad con la que entran los números musicales, siempre pertinentes, siempre mágicos.
  8. Por una historia tan bien contada que tienes que pensar en lo que ha pasado delante de tus ojos para darte cuenta de la grandeza del guion.
  9. Por el papelín de J. K. Simmons.
  10. Para confirmar a Damien Chazelle como un grandísimo autor cinematográfico.
  11. Porque durante el epílogo hasta a Chuck Norris se le humedecieron los ojos.
  12. Porque ese epílogo podría hacer que te perdonases tu pecado más siniestro.
  13. Porque cuando llega el ‘otoño’ echas más de menos tú el ‘verano’ que Mia y Sebastian.
  14. Porque hay triste gente triste que te dirá eso de ‘pues no es para tanto’ y no conseguirán disminuir el calorcito que La La Land te ha dejado dentro y los mirarás con cariño y conmiseración.

‘Sing Street’, John Carney, 2016

Sing Street

‘Sing Street’ es como una buena canción de Aztec Camera: facilona, muy parecida a otra y, por supuesto, irresistible.

De la misma manera que Roddy Frame compuso ‘All I Need Is Everything’ y también compuso ‘Walk Out To Winter‘ u ‘Oblivious‘ (y todas provocan siempre el mismo efecto de replay, porque no te aguantas), John Carney filmó ‘Once‘ en 2007, ‘Begin Again‘ en 2013 y esta que nos ocupa en 2016. Las tres son la misma película y las tres te dejan con la misma cara de bobito consentido.

Lo de Carney, dicho sea de paso, no es pecado mortal. Howard Hawks filmó tres veces el mismo argumento (Río Bravo, El Dorado y Río Lobo), Martin Scorsese ya ha cumplido sobradamente con la historia de los chicos de barrio devenidos en criminales organizados (‘Malas Calles’, ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’, ‘Boardwalk Empire’…) y a nadie parece importarle demasiado.

‘Sing Street’ es pues, again, la historia de ‘montemos una banda’ (y todo por sexo, al menos al principio, que quede claro) y de cómo esta, a través de las canciones que va sacando, se convierte primero en un vehículo para expresar las inquietudes adolescentes y casi enseguida en una forma de crecimiento personal por la vía del arte. Nada nuevo por otro lado, salvo la muy saludable evitación del tópico -aunque por algo lo es- de los celos y consecuentes conflictos entre miembros. Y es destacable esto porque la imagen de ‘grupo feliz’ (en el amplio sentido de la expresión) es bastante rara en las películas de este subgénero, y mucho más extraño -como ocurre- el caso de grupo que incorpora miembros y los salva de la destrucción (precisamente, el recorrido como personaje del skin head es uno de los más agradecidos de la función).

El guión, ajustado como un reloj suizo, desarrolla la historia a través de varias líneas vinculadas cada una a un ambiente y a un conflicto: el colegio (muy interesante la línea que va de los zapatos negros a la canción acerca de estos), la chica (causa, musa, socia, impulso y nunca freno, pero premio y castigo), el hogar que se deshace (donde se refugia el mejor, más grande y más sabio hermano mayor de la historia del cine, o casi) y finalmente la banda, donde todo confluye y cataliza en canciones cada vez más grandes (y cada una con su vídeo, no nos olvidemos) que, como decíamos antes, comienzan siendo el medio para convertirse en la razón de ser.

‘Sing Street’ da tanta importancia a esas canciones (escritas por el propio Carney, solo o en compañía de otros) que perfectamente podríamos considerarla como un musical, pues no otra cosa hay debajo de todo el film, a poco que pensemos en su verdadera naturaleza, desde la casi forzada calmosa naturalidad con que se resuelven los conflictos a la soberbia escena (onírica) del gimnasio, del portentoso crecimiento musical de la banda al final épico/quimérico y, por supuesto, en cuanto intentamos rascar -y no podemos- en la mayor parte de los personajes (puros, unívocos, compactos) que acompañan en su trayecto a la pareja protagonista.

‘Love & Mercy’ (Bill Pohlad, 2014)

No es la biopic al uso porque no tiene más épica que la que puedan detectar los (buenos) aficionados en las escenas en que se muestra la gestación de Pet Sounds, no tiene la garra de otras películas -de este ya casi subgénero- como Ray (2004) ni es tan divertida como Gran bola de fuego (1989) o tan magnética como Walk The Line (2005) o Get on Up (2014), pero es que la vida desdichada de Brian Wilson difícilmente podría contarse de otra manera.

El novato Bill Pohlad se la juega llevando a la pantalla un guión con saltos espaciales y temporales no aptos para palomiteros y casi va de farol con la interpretación del protagonista por dos actores tan distintos (hasta físicamente) como Paul Dano y John Cusack, pero consigue salir airoso y con un producto adulto y solvente.

Puede que los más fanses echen de menos más anécdotas de la banda californiana y a los más morbosos les falten más escenas de alienación y desafuero (que, por cierto, no hubieran permitido los abogados de Wilson) en este producto honesto y cabal donde las tinieblas se sospechan más que se ven (Giamatti, como el tremendo Dr. Landy, está estupendo, como siempre) y la luz es una rubia hermosísima y magnética interpretada por Elizabeth Banks.