El cadáver de Antonio Vega como síntoma

El otro día decíamos descanse de verdad y al fin en paz Antonio Vega, pero es que se está revolviendo -sintomáticamente- la cosa:

Me ha pasado, lo he visto, lo he vivido: un compañero (y sin embargo amigo, que dice el tópico cachondo, verdadero en este caso) que no ha dudado en ser mordaz ni áspero ni corrosivo ni maligno (que todo es lo mismo) ni una sola vez en que hemos visto, en la tele o en la prensa, en los últimos años, la imagen cadavérica de Antonio Vega, me viene el día del óbito con cara de viuda por sorpresa y me dice que que pena, el pobre Antonio. Joder, qué pena desde-hace-veinte-años, pero a ti te parecía divertidísima la pena,  so capullo.

Bueno, pues a Quico Alsedo, bloguero de El Mundo, le ha atacado una horda de capullos. Resulta que el día 13, con el cadáver todavía caliente, publica, con mayor o menor acierto, pero con indudable sinceridad, El pelo de Antonio:

Siempre me dio miedo Antonio Vega en los últimos años. Un miedo infantil, un miedo de ‘que viene el coco’.Y no tanto por ese aspecto como de espantapájaros. Esos ojos hundidos, aterrados. Ese cuerpo en retirada.Me daba miedo el pelo, su pelo. Era el pelo de un muerto, como dice Bobby (…)

Y lo que ha pasado es que tiene docenas y docenas y docenas de comentarios (214 en este momento) a su entrada en donde le dicen de todo y le desean lo peor de lo peor, también con toda sinceridad esto último. Y lo que ha hecho el bloguero es defenderse y la horda, imparable, vuelve para rematarlo (van 97), aunque se están colando algunos apoyos.

Lo que está ocurriendo con Alsedo es sintomático: en España, de toda la vida, se han lavado los cadáveres en público y ha sido desde siempre de muy mala educación decir alguna verdad turbia en un entierro. La muerte parece exigir amnesia y quien se mueva está más muerto que el muerto. En pocas ocasiones aplicamos con tanto fervor los españoles la obligación de  lo políticamente correcto (es decir, ser hipócrita con la aquiescencia generalísima) como en un funeral. Después, puede que se nos olvide y vayamos por sangre (sangre de muerto), pero para entonces no estárá el cadáver escandalizando entre nosotros.

El bloguero, acorralado y en su defensa, invoca al ‘jefe’, invoca a la competencia, invoca a Manrique:

Me cuesta reconocerle en ese retrato colectivo del artista generoso, siempre inspirado, extraordinariamente modesto. Oigan, no es verdad. En petit comité, a Antonio le indignaba lo que algunos hicieron con canciones suyas. Reconocía que la necesidad de dinero le llevaba a participar en discos dudosos, en programas sonrojantes. Confesaba que conocía los trucos para estirar la decreciente inspiración y completar un álbum. Capaz era de presentarse en su editorial tarareando una canción ajena como ocurrencia propia (“por si colaba”). Revelaba que la adicción le llevaba a vender o pignorar guitarras y otras posesiones esenciales. Todo ello le hacía humano y no un santo, como cabe deducir de muchos de los apresurados encomios redactados por compañeros de profesión, inevitablemente embarrancados en los tópicos.

Y nosotros, finalmente, enlazamos con una hagiografía al gusto de las hordas.