Jamiroquai: ‘Automaton’ (2017)

La relación de Jay Kay y su banda con la prensa musical ha sido desde hace casi 25 años la de un papel de lija con la piel de la cara. Nada extraño sabiendo que los referentes de Jamiroquai están en la música negra comercial de los años 70 y que nunca han tenido problema en dejar que se les note la influencia de (y la veneración por) Stevie Wonder. Si a esto añadimos que han vendido muchos discos y han ganado mucho dinero porque han gustado mucho y han tocado en todas partes, la cosa se complica y al crítico gafapasta se le afilan los colmillos preparando otra vez un ataque entre feroz y desesperado.

Y todo esto es porque ese crítico gafapasta y sus clones han decidido que, si tienes influencias de hace más de 35 años, tienen que ser las de Joy Division, Siouxsie o Echo & The Bunnymen y no, de ninguna manera, las de Donna Summer, los Commodores, Chaka Khan o (¡arrrgghhhh!) los Bee Gees, porque, a ver, los primeros hacían música comprometida con el sentido trágico de la vida y por eso se les ponía esa cara que tenían  (por eso y por algo más, vous savez), mientras que los segundos hacían música para bailar y celebrar la vida y eso está muy mal, porque todo el mundo sabe que esto es un valle de lágrimas.

Y, ya que estamos, cabe dejar constancia de que, en España, entre la gente pijo/progre/comprometida, la música negra, hasta ayer por la mañana, era ‘música de discoteca’, algo que solo les gustaba a los pobres, a los horteras y a los maricones (como veis, un perfecto ejemplo de tolerancia, respeto y corrección política).

Bueno, pues eso, que Jamiroquai han vuelto después de siete años (cada vez espacian más las salidas de sus discos), justo en el límite entre siguiente disco y disco de regreso, y lo que ofrecen, si bien no tiene la frescura y el genio de lo que facturaban hace más de 20 años, sí es un producto más que digno, que no suena a refrito, que avanza en algunas interesantes direcciones, como la de la incorporación de la electrónica (andan por ahí diciendo que Jamiroquai copia a Daft Punk, ains), y que tiene un puñado notable de buenas canciones: ‘Cloud 9’, ‘Shake It On’, que abre el disco, ‘Hot Property’, ‘Vitamin’ o ‘Superfresh’.

Lo que no trae ‘Automaton’ es la fórmula para que al crítico gafapasta se le quite la cara de acelga.

Miles Mosley: ‘Uprising’ (2017)

¿Qué tienen en común India Arie, Chris Cornell, Kenny Loggins, Christina Aguilera, Kamasi Washington, Joni Mitchell o Kendrik Lamar? La respuesta es su bajista, y su bajista, en estudio o en directo, frecuente u ocasionalmente, es o ha sido Miles Mosley.

Nacido en Los Ángeles, en el mismísimo barrio de Hollywood, hace 37 años y dilecto alumno de la Colburn School of Music, donde estudió jazz y clásica (y donde eligió el contrabajo ‘por ser el único instrumento que no tenía que llevarme a casa’), con poco más de 20 años ya estaba trabajando con músicos de primera fila (a los de arriba podemos añadir Jeff Beck, Lauryn HillGnarls Barkley; el currículum es apabullante) y construyendo poco a poco su propio proyecto y concepto que mezcla de forma demoledora soul, rock, funk y jazz.

‘Uprising’, donde Mosley está secundado (es un decir) por The West Coast Get Down, se puede describir de forma bastante tópica como un choque de trenes entre Otis Redding, Jimi Hendrix, PrinceLenny Kravitz y de forma genérica ha sido etiquetado como hard-soul; aunque de forma cautelar y prioritaria se recomienda escucharlo (tres o cuatro veces seguidas) y sacar cada uno sus propias conclusiones.

¿Qué es lo mejor del disco o por qué este disco es importante? Pues cuesta señalar temas concretos, por miedo a dejarse alguno (‘Young Lion’, ‘Abraham’, ‘Shadow of Doubt’, ‘Reap of Soul’, ‘L.A. Won’t Bring You Down’ te pueden dejar molido), pero es muy fácil indicar muy determinados momentos en que la suma de Mosley (bajo y voz), Tony Austin (batería), Brandon Coleman (piano y órgano Hammond) y la sección de viento con Kamasi Washington y Zane Musa (saxos), Dontae Winslow (trompeta) y Ryan Porter (trombón) ¡más orquesta sinfónica y coros! probablemente te quemaría las pestañas si lo estuvieses viendo (ahí abajo dejo un ejemplo), porque es seguro que te deja triturado de gusto cuando lo escuchas.

Southern Avenue: ‘Southern Avenue’ (2017)

En un mundo globalizado pasan cosas insospechadas, tanto como que una de las últimas bandas presentadas por la histórica disquera Stax tenga su origen en Israel. De Israel llegó a Memphis vía Europa el joven Ori Naftaly, criado al amor de la música negra por un padre fervoroso amante del jazz, del blues y el soul, y, buscando ‘eso que le faltaba’, dio con Tierinii Jackson, una vocalista a la que basta con escuchar diez segundos en cualquiera de los palos en los que tan bien se desenvuelve en este disco para entender por qué Stax dijo sí (probablemente a la primera) a la banda.

El resto de Southern Avenue lo componen la baterista Tikyra Jackson, hermana de Tierinii, el bajista Daniel McKee y el teclista Jeremy Powell; y el proyecto común, con el nombre de una calle muy cercana a Soulville, la sede de Stax en Memphis, es un producto de doble devoción religiosa: por un lado la evangélica (Tierinii lleva media vida cantando en las iglesias) y por otro la mismísima religión del soul, entendida esta no como el exacto cumplimiento de todos los mandatos de la edad de oro de la música del alma, sino como su actualización ecuménica, pues respetuosos pasajes de blues, rhythm and blues, góspel, rock y hasta country se contienen en 10 fantásticos temas que se hacen escasos, cosa que, por otro lado, es casi lo mejor que se puede decir de un disco de debut.