‘Anvil! The Story of Anvil’, Sacha Gervasi, 2008.

Si alguna vez te preguntaste por qué los heavys te caen tan bien aunque no compres sus discos, ni vayas a sus conciertos y ni muerto saldrías de cañas con una camiseta de Iron Maiden, deberías ver Anvil! The Story of Anvil, porque tiene casi todas las respuestas que buscabas.

Sacha Gervasi, ‘original fan’ de esta banda metalera canadiense muy venida a menos, además de productor, director y guionista (escribió, por ejemplo La terminal, de Steven Spielberg) decidió seguir cámara en mano el día a día de sus viejos ídolos, convertidos (los dos miembros originales del grupo que perseveran: Steve ‘Lips’ Kudlow y Robb Reiner) en unos poco menos que bochornosos calvimelenuedos cincuentones tan fracasados como pasmados por la pregunta con que empieza la cinta: ¿qué pasó?

¿Sí, qué pasó para que una banda de la que hablan muy requetebién Slash o Lemmy, entre otros muchos grandes nombres del metal al comienzo del film, de la que se declaran deudores Anthrax oMetallica, de la que un crítico de Metal Hummer dice que fueron lo más se quedara en menos, mucho menos, casi nada? ¿Y -y de esto sí que va el documental y es lo que lo hace tan grande- qué pasa en las cabezas cincuentonas y alopécicas de Lips y Robb para seguir intentándolo, esperándolo, persiguiéndolo por media Europa –desde Murcia hasta Transilvania en la gira más nefasta jamás filmada-, soñándolo con una sonrisa beatífica Lips mientras empuja por el suelo nevado de su pueblo los contenedores de uncatering en que trabaja en la ‘vida real’?

Anvil es un testimonio entrañable y monumental de la capacidad humana para sostener un sueño, una meta, del deseo del triunfo, del reconocimiento, del ansia irrompible de gloria, de la capacidad para sortear la miseria de lo cotidiano con tan sólo una idea –recia como un diamante- en la cabeza; y es el retrato de dos amigos condenados a amarse para sobrevivir a lo real, por encima de empleos, esposas, hijos, años y décadas. El retrato de Lips es imborrable: un quinceañero de cincuenta años que mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con la mínima esperanza después de tres décadas de fracasos. Reiner es más maduro y distante, pero está embarcado en el mismo empeño de negarse a dejar de ser él mismo. Y ambos son mucho más que cómplices:

-Tío, eres el ser más cercano que tengo en el mundo- le dice Lips a Robb después de una bronca.

Y lo más curioso y hermoso [spoiler]: Anvil termina con una actuación –por fin mayoritaria- del grupo en Japón a manera de final poético, inconscientes –probablemente- director y músicos de la trascendencia mediática que iba a tener el documental, de los premios que iba a cosechar y, consecuente y merecidamente, de la pequeña gloria que iba a reconquistar el grupo.

Anvil nos encanta porque es otra vez Cenicienta, qué carajo.

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