Jeanelle Monáe: ‘The ArchAndroid’ (2010)

A lo largo de casi todo el siglo XX, la música afroamericana experimentó, en cada uno de sus géneros y subgéneros, evidentes, notables, diversificadas, enriquecedoras y magníficas trayectorias evolutivas que, partiendo de raíces poco menos que tribales 200 años atrás, fueron originando, hacia mediados de ese siglo, expresiones cada vez más ricas, complejas, reflexivas y, por tanto, cultas.

Lo que hicieron John Coltrane o Miles Davis en el jazz, lo hicieron Mavin GayeStevie Wonder oCurtis Mayfield en el soul y –el último de una casta- lo hizo Prince en el funk. Pero a partir de los años 80-90 las cosas cambiaron, y el malogrado Marvin Gaye, que reprendía ingenuamente a los botarates del ghetto su idocia en el comienzo de su What’s Going On, probablemente no llegó a sospechar que esos botarates, que se llaman negratas (nigga) a sí mismos, iban a imponer su gusto y su actitud sobre la tradición musical afroamericana de una forma tan fulminante y devastadora hasta llegar a nuestro descorazonador presente.

En Estados Unidos debe de pasar en los locales de ensayo de la gente de color lo que pasa en los institutos públicos entre la misma gente: si un joven destaca por su talento, pero no respeta el código nigga, lo marginan por blanquito. Así que venga hip hop, venga chatarra al cuello, venga autoindulgencia macarra y al que se mueva le invocamos el fantasma de Ol Dirty Bastard.

Naturalmente –y aun dentro del mundo del rap y el hip hop- ha habido en los últimos años fogonazos de creatividad, algún talento suelto y leves toques de vanguardia. Así, en la década del 2000, Outkast tiene dos discos muy bien pertrechados de todo lo anterior, Stankonia (2000) y el bicéfalo Speakerboxxx / The Love Below (2002), prácticamente dos contenedores culturales donde sobre todo se aprecia la sanísima curiosidad de Big Boi y André 3000 y el tiempo que han dedicado a cultivarla y satisfacerla. Precisamente en el disco siguiente (y último) de Outkast, Idlewild (2005) aparecía una voz femenina, cuya propietaria, Jeanelle Monáe, ha proporcionado este año una mayúscula sorpresa y ha hecho brotar ilusión y esperanza en todos aquellos que seguimos aguardando a la música afroamericana al final del túnel.

Nacida en Kansas City, Kansas (tenía que escribirlo), en 1985, marchó jovencísima a estudiar a Nueva York en la American Musical and Dramatic Academy y, como no le convecieron las ofertas que había para ella en Broadway, decidió –casi nunca mejor dicho- montarse su propia película. De la mano de Big Boi y el productor Sean “Diddy” Combs publicó en 2008 la primera parte (un EP titulado Metropolis: The Chase Suite) de una serie de cuatro acerca de una androide del año 2700 que, en una historia muy inspirada en Metrópolis, viaja al presente para liberarnos de una muy malvada sociedad secreta.

El disco de este año, The ArchAndroid, recoge las suites II y III y, a la espera de la IV, nos tiene rendidos a los pies de Jeanelle. A pesar del panorama o precisamente por su culpa, el hecho de que una mujer negra norteamericana comande una empresa musical-conceptual de esta envergadura, con influencias del jazz, del soul, del funk, del rhythm & blues, del music-hall y, claro, del hip hop, y que lo haga con descaro, desenvoltura, talento, gracia y hasta sana pedantería, no puede sino calificarse de bomba en el ghetto y 50 cent seguro que se la ha jurado ya a esta blanquita.

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