El macroorganismo que pensaba que Joy Division era un bocadillo de chorizo

Un primate vinilófago ataca la discoteca de J. G. Entonado:

La capacidad para sorprender de un niño es ilimitada; y si es un niñato mimado confabulado con mamá y papá, todavía más:

Jorgito Menéndez, magnífico ejemplar anacrónico de Primate Protohumano, clara muestra de la involución genética, campa a sus anchas por los dominios que le han cedido caprichosamente papi y mami. Berrea como un cuadrúpedo y mueve, como si fuera un péndulo y de lado a lado, cada vez que da un paso, el cubo que tiene por mollera; descomunal depósito, un faro encima de sus hombros.

Dentro de 10 años creerá que un batracio tiene alas cubiertas de plumas y aullará como un perro cada vez que se ría; enseñando los braquets que ajustan su imperfecta dentadura.

Les voy a contar una pequeña anécdota de sus genialidades, típico producto de la frustración de un esclavo con un mundo espiritual vacío al no poder conseguir sus objetivos materiales.

Entró en mi habitación. Ahí está mi equipo de música (para mí, una reliquia, me lo compré con mi primer sueldo, hace más de 20 años); estanterías llenas de discos de vinilo:

– De Velvet Underground, el del plátano amarillo de Andy Warhol en la portada. En ese disco hay temas como I’m Waiting for The Man; Venus in Furs, que tiene la viola chirriante de John Cale, y la primera versión de Heroine (no tiene nada que ver con la que está en el R&R Animal de Lou Reed, pero no se con cuál de las dos me quedaría). No me puedo olvidar de Sunday Morning y la voz de Nico.

– The Teardrop Explodes; Kilimanjaro. Julian Cope está más “chota” que su amigo Ian McCulloch, de Echo & The Bunnymen, y eso se nota en Went Crazy o en Bouncing Babies.

– … y mi joya particular: el CLOSER de Joy Division, colocado en un atril, y por desgracia, totalmente accesible a los caprichos del bárbaro.

Jorgito, ese cabezón, en un colérico arrebato, empezó a comérselo. Comenzó por el cartón. Esa carátula, que ya de por sí es una pieza valiosa. Cuentan que la fotografía que hay en ella (la del Santo Entierro), la propuso Ian Curtis antes de suicidarse. Ese fue su testamento. Ya ven, arte en estado puro y hasta sus últimas consecuencias. El arte y la vida se fusionaron para que disfrutásemos con el sentido del oído, no con el del gusto. Pero esa diferencia no la pudo detectar el antecesor del T. Rex (no cometan el error de confundirlo con el grupo de Marc Bolan, ¡¡Dios nos libre!!)

Mamaíta me pidió que lo disculpara porque al parecer estaba muy agobiado y nervioso últimamente, mientras él emitia eructos que sonaban como la guitarra de Bernard Albrecht al principio de No Love Lost, o en Failures; y los repetía, periódica y ritmicamente, como el bajo de Peter Hook en Transmission. El único pensamiento que me vino a la cabeza en ese momento fue una de las últimas escenas de Control, cuando les dijeron que Ian Curtis se había ahorcado, mientras suena la música de Atmosphere.

En fin…Jorgito es un organismo tan poco evolucionado que fue capaz de digerir el vinilo, igual que las arqueobacterias devoradoras de petróleo; las mismas que se utilizan para degradar por biorremediación las manchas de ese combustible en el mar.

En cuanto a mí, sin ese disco, mi vida ya no tiene sentido; sólo me queda cambiar de rumbo, así que me presentaré a unas oposiciones para cartero.

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