Black Bombaim & Peter Brötzmann: ‘Black Bombaim & Peter Brötzmann’ (2016)

Hay colaboraciones que a priori parecen improbables experimentos sonoros, en este caso, más que experimento, parece una colisión sonora entre los colosales Black Bombaim, un trío portugués de rock instrumental originario de Barcelos, compuesto por Ricardo Miranda a la guitarra eléctrica, Paulo Gonçalves a la batería y Tojo Rodrigues al bajo que se transforma en cuarteto con el saxo de un icono del free jazz, Peter Brötzmann.

Black Bombaim ya había contado con la colaboración de otros saxofonistas como Rodrigo Amado o del desaparecido Steve Mackay (The Stooges) y, después de haber pisado junto a Brötzmann los escenarios portugueses en un par de ocasiones, la química demostrada en directo queda plasmada en esta grabación realizada en los Estudios Sá da Bandeira, de Oporto.

Los Barcelenses nos presentan un sonido de patrón repetitivo a caballo entre el stoner y el prog más espacial, pesado, espeso, de lenta cadencia y con tendencia al ‘viaje’, sobre el que se desarrollan los improvisados e intensos solos del septuagenario alemán, que le dan una fuerza adicional a los temas.

En definitiva, una magnifica asociación entre dos mundos musicales y de distintas generaciones de músicos de espíritu libre y con voluntad de hacer cosas diferentes.

Zeal And Ardor: ‘Devil Is Fine’ (2016)

No me creerán si les digo que la música tradicional afroamericana –el góspel–  se puede fusionar perfectamente con el black metal y la electrónica.

Pues sí y detrás de este proyecto se encuentra Manuel Gagneux, un músico de Nueva York, que nos presenta una de las propuestas más transgresoras de este año.

‘Devil Is Fine’ resulta un proyecto inclasificable, una mezcla de ritmos tan disímiles armónicamente que, de partida, podría parecer de imposible combinación, no obstante, el resultado es una pieza magistral.

Uno de esos discos que te cogen por sorpresa y te dejan aturdido la primera vez que lo escuchas por lo radical de la propuesta y que gana en sus sucesivas escuchas.

Destaques para:  ‘Devil Is Fine’, ‘Come On Down’, ‘Blood On The River’ y ‘What Is a Killer Like You Gonna Do Here’

Elza Soares: ‘A mulher do fim do mundo’ (2016)

Si visteis la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Río, sin duda os llamaría la atención la figura (la de arriba) de esa mujer de edad indefinible, aunque visiblemente avanzada, que cantaba sentada en Maracaná, ante miles de millones de espectadores.

Elza Soares, de 79 inconfesables años, es un monumento vivo de Brasil, de Río, de sus favelas, de la samba, de toda la música de toda América, de la gloria, de la miseria y de toda la (puta) vida misma.

Hija de un obrero (y músico) y de una costurera, nació y se crió en la más absoluta indigencia. A los 12 años la casaron con su violador, fue madre a los 13 y viuda a los 21. Ha tenido siete hijos, de los cuales dio a una en adopción y perdió a cuatro: dos murieron de hambre siendo bebés, uno -hijo de Garrincha, el amor de su vida- en un accidente de coche y el último, ya adulto, de infección renal.

Es muy conocida la anécdota de cuando se presentó (se dice que para conseguir dinero para un hijo enfermo) a un concurso de talentos en la radio vestida con cuatro trapos que había cogido del taller de su madre. El presentador -precisamente Ary Barroso-, al verla, le preguntó que de qué planeta venía. Elsa, imperturbable, contestó: do planeta fome (‘del planeta hambre’).

Elza Soares

Pues bien, esta mujer monumental, en lugar de haberse quedado en casa disfrutando de la gloria bien ganada y de una tranquilidad que le tiene que parecer precisamente de otro planeta, casi con 80 años, ha optado -como casi siempre- por lo más difícil y ha sacado uno de los discos más perturbadores y extraordinarios de este año.

Eu vou cantar até o fim
Eu sou mulher do fim do mundo
Eu vou cantar, me deixem cantar até o fim

Soares nunca ha sido una artista convencional ni una sambista al uso (lo suyo era o samba sujo, ‘la samba sucia’) y no se la cita tampoco entre las grandes voces femeninas de la bossa nova, como Astrud Gilberto, Maria Bethania o Gal Costa, porque ella, por sus aficiones, su curiosidad, sus influencias, su procedencia y -evidentemente- por la tesitura y el timbre de su voz, siempre ha jugado a otro deporte. Y en ese deporte siempre han estado presentes África, por un lado, Nueva Orleans, por el otro, y, siempre, el incasable coraje de una mujer que ‘canta para no enloquecer’. Pero, aun así, lo de este ‘A mulher do fim do mundo’ es un salto enorme.

Acompañada por músicos de la escena más vanguardista de São Paulo, que la colocan delante de un áspero y rugoso fondo de jazz, noise-rock y percusiones africanas, sin una mísera melodía, apenas con acordes, Elza Soares va cantando ásperamente, de tema en tema, su vida y la vida de tantas mujeres violentadas, maltratadas, malqueridas, traicionadas y despreciadas, mujeres, que, como ella misma, tan armadas de vida sufrida y de rencor, están dejando de sentirse víctimas para comenzar a ser peligro de maleantes.