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Highlights from NOS Alive 2015 (9, 10 y 11 de julio, Algés, Lisboa) #Día 2 #Día 3

Ya he dicho que este NOS Alive fue claramente cuesta abajo desde el jueves, por eso no trataré de alargar inútilmente esta crónica y agrupo las dos jornadas de viernes y sábado en una misma entrada.

Del viernes cabe empezar reseñando la muy pulida, elegante y eficaz puesta en escena de los irlandeses Kodaline, que, sin tener que recurrir a estridencias, mantuvieron fiel a la audiencia de la carpa grande por más de una hora.

Mumford & Sons son ya, sin atisbo de duda, una stadium band que hace stadium rock. Adiós al neo folk y al intimismo, bienvenidas las decenas de miles de espectadores y sus desatadas gargantas. Eso sí, sobre el escenario, se ganaron su caché, sea el que sea.

No tenía ni idea de lo que me iba a encontrar en el set de Future Islands. Bueno, en realidad, me esperaba algo elegante y contenido y lo que me encontré -y que sorprendió tanto como me divirtió- fue a un cantante, Samuel T. Arenque, que, con las maneras de mecánico de tanques, se apodera del escenario y de la audiencia por la vía de la gesticulación más burda y de una sexualidad entre poco disimulada y bastante rupestre. Inolvidable.

A James Blake le tocó compartir horario con The Prodigy y llenó su carpa el hombre con un público completamente entregado que llegaba incluso a jalearlo en sus baladas más estáticas y también extáticas. Probablemente uno de los mejores bolos mal programados de todo el festival.

Mientras tanto, a 300 metros de allí, The Prodigy ponían en la órbita de Júpiter a miles y miles de entregadísimos espectadores con la misma (pero evidentemente efectiva) fórmula en la que llevan reincidiendo dos décadas, dos.

El sábado lo empezamos con Counting Crows, la muy veterana banda californiana que interpreta su muy veterano repertorio con tan pocas ganas y tan evidente hastío que ni en los singles más esperados advertimos (ni en ellos ni en nosotros) emoción alguna. Son los años, son los kilómetros y el no saberse bajar uno a tiempo del escenario. Prometieron volver.

En este mismo escenario vimos luego un momentito a Sam Smith, fue suficiente para recordar que la crema pastelera no se debe combinar con la crema pastelera.

Luego vino el gran acontecimiento del sábado para mi espalda, mis piernas y mis pies: encontré una butaquita, de esas de plástico de las terrazas, de Café Bom Dia, bendita empresa, estaba en un lateral de la carpa grande, se veía parte del escenario, corría la brisa (a veces, demasiada brisa) y desde ahí atisbé más que vi, pero oí perfectamente a Mogwai (ya les tenía ganas, no me defraudaron)

y a The Jesus and Mary Chain interpretando enterito su aclamado Psychocandy, 30 años después, como si no hubiera pasado desde entonces ni un mísero lunes. Un bolo sólido y honesto, por supuesto.

Y vamos a cerrar nuestra crónica con los dos tocomochos que fueron, además, consecutivos. El primero el de la muy pre-aclamada, deseada y finalmente indiferenciada Azealia Banks que tiene los santos menhires de subirse al escenario con un dj y hacernos un karaoke de una hora. Salió con un mono de carpintero y no paró de reírse en todo el rato. Razón tiene, claro.

Guy y Howard Lawrence, los dos hermanos que forman Disclosure, son productores o, si queremos, artesanos electrónicos que, hace un par de años, sacaron Settle, un magnífico disco de -dicen- garage house. Eso no los convierte en dj’s, no los convierte en intérpretes competentes ni en nada competente que se pueda subir a un escenario. Guy y Howard Lawrence saben esto perfectamente y no lo disimulan. Lo suyo no llega a ni a karaoke ni se le puede llamar playback. Podrían poner el disco de fondo y ellos hacer cucamonas delante de un cartón a la manera de sampler. Daría lo mismo.

Al público también le daba lo mismo.

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