cine y tv 

‘Whiplash’, Damien Chazelle, 2014

La extraordinaria y sorprendente ‘Whiplash’ posee uno de los guiones más honestos que un espectador ha podido encontrarse en años y, quizá por eso, es normal que provoque en el respetable cierta desazón.

Muchas de las películas cuya temática es el arte (al igual que cientos de ellas de deportes y bastantes de tema militar, de artes marciales, de asunto escolar…) basan su discurso narrativo en el tópico de que el esfuerzo, aplicado obviamente a un talento nato, equivale de forma inevitable a superación y, por ende, a éxito. Y el espectador, por lo general desavisado, está programado para prever la típica (pero muy satisfactoria; no vería, si no, la película) sucesión de fases de ensayo y error hasta el triunfo final. Y eso es lo que va pareciendo ‘Whiplash’ hasta el momento en que determinados acontecimientos en la pantalla empiezan a removernos en la butaca para darnos cuenta de que las cosas no son lo que esperábamos, que nos estamos implicando y que la cinta nos obliga a tomar partido, pero -lo mejor- no estamos seguros de saber si hemos acertado con el bando elegido.

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Porque el asunto ético en el fondo de la historia es si el fin -la absoluta excelencia como baterista de un alumno de un consevatorio- justifica los medios empleados por un profesor (por favor, que le den ya un Oscar a J. K. Simmons) y también (y aquí es donde brilla especialmente la honestidad del guión) por el propio alumno, dispuesto a pagar literalmente con sangre -entre otras cosas- por ser el nuevo Buddy Rich.

Y todo lo demás, igualmente bien: actores de reparto muy afinados, tramas secundarias al servicio de la principal, excelente ambientación (la clase de la banda de estudio es literalmente la oscura cueva de un monstruo) y, Virgen Santa, cómo suena la banda cuando J. K. Simmons la deja sonar.

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