Sing Streetcine y tv 

‘Sing Street’, John Carney, 2016

‘Sing Street’ es como una buena canción de Aztec Camera: facilona, muy parecida a otra y, por supuesto, irresistible.

De la misma manera que Roddy Frame compuso ‘All I Need Is Everything’ y también compuso ‘Walk Out To Winter‘ u ‘Oblivious‘ (y todas provocan siempre el mismo efecto de replay, porque no te aguantas), John Carney filmó ‘Once‘ en 2007, ‘Begin Again‘ en 2013 y esta que nos ocupa en 2016. Las tres son la misma película y las tres te dejan con la misma cara de bobito consentido.

Lo de Carney, dicho sea de paso, no es pecado mortal. Howard Hawks filmó tres veces el mismo argumento (Río Bravo, El Dorado y Río Lobo), Martin Scorsese ya ha cumplido sobradamente con la historia de los chicos de barrio devenidos en criminales organizados (‘Malas Calles’, ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’, ‘Boardwalk Empire’…) y a nadie parece importarle demasiado.

‘Sing Street’ es pues, again, la historia de ‘montemos una banda’ (y todo por sexo, al menos al principio, que quede claro) y de cómo esta, a través de las canciones que va sacando, se convierte primero en un vehículo para expresar las inquietudes adolescentes y casi enseguida en una forma de crecimiento personal por la vía del arte. Nada nuevo por otro lado, salvo la muy saludable evitación del tópico -aunque por algo lo es- de los celos y consecuentes conflictos entre miembros. Y es destacable esto porque la imagen de ‘grupo feliz’ (en el amplio sentido de la expresión) es bastante rara en las películas de este subgénero, y mucho más extraño -como ocurre- el caso de grupo que incorpora miembros y los salva de la destrucción (precisamente, el recorrido como personaje del skin head es uno de los más agradecidos de la función).

El guión, ajustado como un reloj suizo, desarrolla la historia a través de varias líneas vinculadas cada una a un ambiente y a un conflicto: el colegio (muy interesante la línea que va de los zapatos negros a la canción acerca de estos), la chica (causa, musa, socia, impulso y nunca freno, pero premio y castigo), el hogar que se deshace (donde se refugia el mejor, más grande y más sabio hermano mayor de la historia del cine, o casi) y finalmente la banda, donde todo confluye y cataliza en canciones cada vez más grandes (y cada una con su vídeo, no nos olvidemos) que, como decíamos antes, comienzan siendo el medio para convertirse en la razón de ser.

‘Sing Street’ da tanta importancia a esas canciones (escritas por el propio Carney, solo o en compañía de otros) que perfectamente podríamos considerarla como un musical, pues no otra cosa hay debajo de todo el film, a poco que pensemos en su verdadera naturaleza, desde la casi forzada calmosa naturalidad con que se resuelven los conflictos a la soberbia escena (onírica) del gimnasio, del portentoso crecimiento musical de la banda al final épico/quimérico y, por supuesto, en cuanto intentamos rascar -y no podemos- en la mayor parte de los personajes (puros, unívocos, compactos) que acompañan en su trayecto a la pareja protagonista.

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