americana 

Kevin Morby: ‘Singing Saw’ (2016)

Hay discos buenos, malos y mediopensionistas; hay discos fáciles, reguleros y difíciles; y también hay discos incómodos, porque, aunque sean interesantes, se te ponen un poquito (o un mucho) cuesta arriba; y hay, finalmente, discos cómodos, que son aquellos en los que, desde el primer acorde, te sientes en terreno conocido, te sientes arropado, querido, te sabes hasta los rincones y, si oliera la música, te olería como la casa donde te criaste.

‘Singing Saw’ es uno de esos discos caseros, del terruño de uno, donde todo suena como debe sonar y donde todo está donde lo dejaste. Kevin Morby recuerda a Dylan, por supuesto, pero no al Dylan ese de ahora que está haciendo las paces con Sinatra y acabará haciéndole un homenaje al Tin Pan Alley, sino al otro Dylan, a ese que también es de casa. Pero Kevin Morby también recuerda a Leonard Cohen y hasta me sabe a Neil Diamond a veces y, si tuviera una voz más profunda, me acordaría de Johnny Cash. Y, dejando tranquilos a los abuelos, también tiene mucho que ver con Bon Iver, con Iron & Wine, con Bill Callaham y, por supuesto, con Sufjan Stevens y hasta con el recientemente liberado The Tallest Man On Earth.

‘Singing Saw’ tiene todo eso y tiene también un 90% de Kevin Morby, un tejano de 28 años que ya tiene una carrera con dos bandas (The Babies y Woods) y un par de discos previos a este, pero que ha decidido volver a caminar en solitario para traernos este disco estrictamente esencial.

Canciones como ‘I Have Been to the Mountain’ (guitarras acústicas, coros, vientos, que se repetirán en otros cortes) contienen tanto optimismo y tanta pureza que te arreglan una mañana mala; temas como ‘Singing Saw’ van subiendo desde el minimalismo al góspel en una espiral que, literalmente, te abriga; ‘Drunk and On A Star’ es esa balada de Leonard Cohen que nunca pudiste bailar bajo la bola de espejitos, y con ‘Dorothy’ te entran ganas de llamar a todos tus amigos para echar un día entero caminando, saltando, riendo. Y ‘Destroyer’ es como el juguete perfecto, entre la maravilla y la relojería de precisión.

Al final va a ser verdad que la Americana nos va a salvar. Otra vez.

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