H.C. McEntireamericana 

H.C. McEntire: ‘Lionheart’ (2018)

El rumspringa es una especie de año sabático que las (más sensatas) comunidades amish de los Estados Unidos conceden a los jóvenes al final de la adolescencia y/o inicio de la vida adulta para que echen, si quieren, los pies fuera del tiesto, caigan en las tentaciones de mundo, demonio y carne y, ya con conocimiento de causa, decidan si el resto de su vida van a ser o no ser (qué dilema) protestantes anabaptistas pre-revolución industrial.

El caso es que la mayoría vuelve al redil y el caso es que a Heather McEntire le ha pasado (un poco) más o menos lo mismo, solo que ella necesitó dos décadas del rumspringa ese.

Criada y educada en una comunidad agrícola de Carolina del Norte, creció escuchando, como no podía ser de otra manera, mucho country, mucho bluegrass y mucho himno religioso, pero, conforme se fue haciendo mujer, comprendió que aquel no era sitio donde dar rienda suelta a su poco canónica identidad sexual. Así que lió el petate, salió por patas y de lo que hizo con su vida deja buen testimonio su trayectoria musical: hace quince años estaba en Bellafea, un trío post-punk, luego formó parte de Mount Moriah, que ya era otra cosa, y, recientemente, ha estado acompañando a Angel Olsen como músico de sesión. El caso es que a los 36 años por fin (diría su abuela) ha sentado la cabeza, se ha caído del caballo o ha tenido una epifanía (que diría el pastor de su iglesia) y se ha reconciliado, al menos musicalmente, con su territorio y el testimonio de ese reencuentro es este magnífico e iluminado disco llamado ‘Lionheart’.

El disco rebosa paz y transmite una serena fascinación por su mundo de la infancia, por su tierra, pero también es un ajuste de cuentas entre una lesbiana a la que le ha costado media vida librarse de la ‘culpa’ y la religión que una vez la hizo sentirse pecadora, pero es, en esta ocasión, un ajuste de cuentas suave y, sobre todo, misericordioso; libre de odio o resentimiento: el que puede hacer alguien que sabe ya que ninguna piedra farisaica la puede tocar.

Y musicalmente es una obra de la prestigiosa orfebrería de Nashville detrás de la cual, curiosamente, no encontramos a ningún productor al uso, sino a toda una líder del riot grrrl y ex-punkie, Kathleen Hanna, quien se empeñó (porque dice que vió/escuchó en Heather a la mismísima Wanda Jackson) y ha conseguido que McEntire haya grabado un disco en solitario con el que -Rough Trade dixit- no sigue una tradición sino que (quizá) inaugura una nueva.

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