Natural Child: ‘Okey Dokey’ (2016)

Con un pie en la americana y otro en la psicodelia, con más influencias, referentes, homenajes y guiños que en las paredes del garito que más frecuenten en su pueblo, Nashville, llegan los Natural Child con su cuarto disco, que es un placer escuchar, compartir, recomendar y reseñar.

‘Okey Dokey’ debería encabezar ya las listas de los discos más luminosos, buenrolleros y optimistas de la historia y es por eso y por su descarada voluntad de agradar por lo que no parece de estos tiempos. Se nota que estos tíos se lo pasan bien haciendo lo que hacen, que se gustan y que les encanta compartirlo. Semejante celebración de la vida es algo sospechoso y está últimamente muy mal vista.

No es que ‘Okey Dokey’ sea un placer inconfesable, pero ten cuidado con ponerlo demasiado alto o con que se te note que hace (un poquito) feliz.

King Gizzard & The Lizard Wizard: ‘Nonagon Infinity’ (2016)

No había leído nada de ‘Nonagon Infinity’ antes de la primera escucha, no sabía nada del asunto del bucle infinito, nada de los homenajes (muy poco encubiertos) a Black Sabbath y -sobre todo a estePink Floyd y nada de lo que el puñetero disco es capaz de hacer contigo; así que simple y limpiamente tuve la experiencia.

Suelo salir a caminar siempre que puedo (y no estoy demasiado cansado) y lo hago siempre con los cascos puestos y a cierto volumen, así que sencillamente elegí un disco entre los que tenía preseleccionados en Spotify, di a play y arrancamos: un servidor de ustedes, el King, el Gizzard, el Lizzard, el Wizard y la madre que nos parió a todos. Hice cuatro kilómetros más de los que acostumbro (porque tenía que escuchar Eso tres veces seguidas y/o porque no era capaz de dejar de escuchar Eso) y emplee notablemente menos tiempo del que suelo. Al cabo de unas horas tuve bajona y, al día siguiente, agujetas.

Leo por ahí que la banda está poco menos que malbaratando su talento con tanta y tan apresurada publicación de material y no estoy en absoluto de acuerdo. Si yo fuera Stu Mackenzie y fuera capaz de marcarme en unos días (tiene pinta de ser así, además de que no tienen tiempo de otra cosa con su gira también infinita) una Obra como esta, yo me la quito de encima enseguida, la libero, la regalo al mundo, me libro de Ella y Ella se libra de mí, porque, a poco que nos volvamos a rozar y a manosear, uno de los dos va a salir perdiendo.

Decía Frank Zappa que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura y por una vez le voy a hacer caso. Háganme caso ustedes a mí y tengan la experiencia.

‘Sing Street’, John Carney, 2016

Sing Street

‘Sing Street’ es como una buena canción de Aztec Camera: facilona, muy parecida a otra y, por supuesto, irresistible.

De la misma manera que Roddy Frame compuso ‘All I Need Is Everything’ y también compuso ‘Walk Out To Winter‘ u ‘Oblivious‘ (y todas provocan siempre el mismo efecto de replay, porque no te aguantas), John Carney filmó ‘Once‘ en 2007, ‘Begin Again‘ en 2013 y esta que nos ocupa en 2016. Las tres son la misma película y las tres te dejan con la misma cara de bobito consentido.

Lo de Carney, dicho sea de paso, no es pecado mortal. Howard Hawks filmó tres veces el mismo argumento (Río Bravo, El Dorado y Río Lobo), Martin Scorsese ya ha cumplido sobradamente con la historia de los chicos de barrio devenidos en criminales organizados (‘Malas Calles’, ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’, ‘Boardwalk Empire’…) y a nadie parece importarle demasiado.

‘Sing Street’ es pues, again, la historia de ‘montemos una banda’ (y todo por sexo, al menos al principio, que quede claro) y de cómo esta, a través de las canciones que va sacando, se convierte primero en un vehículo para expresar las inquietudes adolescentes y casi enseguida en una forma de crecimiento personal por la vía del arte. Nada nuevo por otro lado, salvo la muy saludable evitación del tópico -aunque por algo lo es- de los celos y consecuentes conflictos entre miembros. Y es destacable esto porque la imagen de ‘grupo feliz’ (en el amplio sentido de la expresión) es bastante rara en las películas de este subgénero, y mucho más extraño -como ocurre- el caso de grupo que incorpora miembros y los salva de la destrucción (precisamente, el recorrido como personaje del skin head es uno de los más agradecidos de la función).

El guión, ajustado como un reloj suizo, desarrolla la historia a través de varias líneas vinculadas cada una a un ambiente y a un conflicto: el colegio (muy interesante la línea que va de los zapatos negros a la canción acerca de estos), la chica (causa, musa, socia, impulso y nunca freno, pero premio y castigo), el hogar que se deshace (donde se refugia el mejor, más grande y más sabio hermano mayor de la historia del cine, o casi) y finalmente la banda, donde todo confluye y cataliza en canciones cada vez más grandes (y cada una con su vídeo, no nos olvidemos) que, como decíamos antes, comienzan siendo el medio para convertirse en la razón de ser.

‘Sing Street’ da tanta importancia a esas canciones (escritas por el propio Carney, solo o en compañía de otros) que perfectamente podríamos considerarla como un musical, pues no otra cosa hay debajo de todo el film, a poco que pensemos en su verdadera naturaleza, desde la casi forzada calmosa naturalidad con que se resuelven los conflictos a la soberbia escena (onírica) del gimnasio, del portentoso crecimiento musical de la banda al final épico/quimérico y, por supuesto, en cuanto intentamos rascar -y no podemos- en la mayor parte de los personajes (puros, unívocos, compactos) que acompañan en su trayecto a la pareja protagonista.