Little Steven: ‘Soulfire’

Mucho se está escribiendo acerca de este disco de Little Steven y todo muy bueno o, cuando menos, amable; pero lamentablemente casi cada letra publicada casi en todas partes no parece otra cosa que un perdigón camino de la cabeza de su amigo, colega y jefe Bruce Springsteen y poco más, porque muy pocas críticas parecen surgir del buen chapuzón en el disco que el disco merece.

A la vista de todo lo sucedido, la publicación de ‘Soulfire’ debería ser bueno para Van Zandt y malo para el ‘Boss’, pero lo que ha acabado pasando es que hemos acabado hablando más (mucho más) del hombre que no ha sacado el disco que del que sí lo ha hecho y, francamente, no es creíble que todo el esfuerzo de Little Steven haya sido para dar una (merecidísima) colleja a alguien.

Lo que se ha hecho Van Zandt con este disco es fundamentalmente un homenaje a sí mismo, a su concepto del rock and roll y a sus raíces, que no son otras que la música norteamericana de los años setenta en la versión que él mamó (con Springsteen) y que se conoce como Jersey shore sound (cuidado: no tiene nada que ver con la serie de TV), una mezcla muy golosa de rock, blues, soul y americana, que se interpreta con entusiasmo (esto último es mucho más importante de lo que parece) y que transmite de forma inmediata a la audiencia cantidades inconmensurables de energía y optimismo, ingredientes estos que son los que encumbraron al ‘Boss’ y que son precisamente los que se echan de menos en sus discos desde hace más de dos décadas.

Y, finalmente, este ‘Soulfire’ es magistral por tres razones: por un lado, es un manual de lo que debe ser el concepto artístico de un álbum (aunque solo sea por cómo están ordenadas las canciones); en segundo lugar porque está extraordinariamente producido (todos los elementos de cada tema están permanentemente sumando y empujando hacia adelante) y, en tercer lugar, porque es la receta mágica de lo que siempre ha sido y debería ser un disco de rock and roll: un soberbio salto hacia algo mejor.

Gold Star: ‘Big Blue’ (2017)

Marlon Rabenreither, vienés de nacimiento, consigue en este ‘Big Blue’ sumergirse sin pretensiones en la misma esencia melancólica del country-rock & blues y salir airoso. Su más que evidente voluntad de explorar y no reinventar nada le permite parecerse a John Denver o a Townes Van Zandt sin que tengas la sensación agria de un dejà vu acústico; que su armónica suene (magníficamente) como la de Springsteen en ‘Nebraska’ tampoco te molesta y que sus estribillos sean primos de los de Jeff Tweedy no ofenden.

Su deporte no es la copia, sino la veneración, respetuosa, devota, y su ambición no parece otra (que no está mal) que sumarse a la nómina de los reverenciados. Eso es lo que habrá visto ni más ni menos que Lucinda Williams para decidir llevárselo de gira como telonero y eso es lo que apreciará cualquier oyente con alma y oído limpios y corazón presto a suaves emociones.

Jamiroquai: ‘Automaton’ (2017)

La relación de Jay Kay y su banda con la prensa musical ha sido desde hace casi 25 años la de un papel de lija con la piel de la cara. Nada extraño sabiendo que los referentes de Jamiroquai están en la música negra comercial de los años 70 y que nunca han tenido problema en dejar que se les note la influencia de (y la veneración por) Stevie Wonder. Si a esto añadimos que han vendido muchos discos y han ganado mucho dinero porque han gustado mucho y han tocado en todas partes, la cosa se complica y al crítico gafapasta se le afilan los colmillos preparando otra vez un ataque entre feroz y desesperado.

Y todo esto es porque ese crítico gafapasta y sus clones han decidido que, si tienes influencias de hace más de 35 años, tienen que ser las de Joy Division, Siouxsie o Echo & The Bunnymen y no, de ninguna manera, las de Donna Summer, los Commodores, Chaka Khan o (¡arrrgghhhh!) los Bee Gees, porque, a ver, los primeros hacían música comprometida con el sentido trágico de la vida y por eso se les ponía esa cara que tenían  (por eso y por algo más, vous savez), mientras que los segundos hacían música para bailar y celebrar la vida y eso está muy mal, porque todo el mundo sabe que esto es un valle de lágrimas.

Y, ya que estamos, cabe dejar constancia de que, en España, entre la gente pijo/progre/comprometida, la música negra, hasta ayer por la mañana, era ‘música de discoteca’, algo que solo les gustaba a los pobres, a los horteras y a los maricones (como veis, un perfecto ejemplo de tolerancia, respeto y corrección política).

Bueno, pues eso, que Jamiroquai han vuelto después de siete años (cada vez espacian más las salidas de sus discos), justo en el límite entre siguiente disco y disco de regreso, y lo que ofrecen, si bien no tiene la frescura y el genio de lo que facturaban hace más de 20 años, sí es un producto más que digno, que no suena a refrito, que avanza en algunas interesantes direcciones, como la de la incorporación de la electrónica (andan por ahí diciendo que Jamiroquai copia a Daft Punk, ains), y que tiene un puñado notable de buenas canciones: ‘Cloud 9’, ‘Shake It On’, que abre el disco, ‘Hot Property’, ‘Vitamin’ o ‘Superfresh’.

Lo que no trae ‘Automaton’ es la fórmula para que al crítico gafapasta se le quite la cara de acelga.